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jueves, 23 de julio de 2026

La salud en Colombia: del aseguramiento financiero a una inteligencia pública del derecho fundamental



Documento de posición


Autor: Juan R Correa, MD Médico independiente colombiano, con experiencia clínica de alto nivel de complejidad y vinculación académica de varias décadas en el área de la salud.



Introducción


El sistema de salud colombiano no puede seguir siendo discutido como si se tratara apenas de una controversia administrativa entre EPS, Gobierno, hospitales, pacientes, jueces y entes de control. Ese marco es insuficiente, estrecho y moralmente pobre. La salud en Colombia es, por mandato constitucional y estatutario, un derecho fundamental autónomo, irrenunciable, individual y colectivo. Por tanto, cualquier modelo de financiación, aseguramiento, prestación o auditoría debe subordinarse a una pregunta superior: ¿está el Estado garantizando efectivamente la vida, la dignidad, la oportunidad, la continuidad y la calidad de la atención?


La crisis actual no puede reducirse a la corrupción, aunque la corrupción exista; ni a la insuficiencia de recursos, aunque esta sea evidente; ni al desempeño de las EPS, aunque muchas de ellas hayan fracasado en solvencia, oportunidad y legitimidad social. La falla es más profunda: Colombia construyó un sistema obsesionado con asegurar transacciones, pero no con conocer, medir y transformar el estado real de salud de su población.


La tesis central de este documento es que ningún sistema de financiación sanitaria puede ser éticamente defendible si no se funda en información pública, verificable, interoperable, territorializada y orientada a resultados en salud. Un modelo que paga sin saber suficientemente qué produce, que audita sin medir desenlaces, que contrata sin inteligencia epidemiológica y que obliga al ciudadano a tutelar para obtener lo que ya le pertenece por derecho, es un modelo constitucionalmente incompleto y éticamente fallido.


A. La salud no es una mercancía asegurada: es un derecho fundamental


La Constitución Política establece que la atención en salud es un servicio público a cargo del Estado, regido por eficiencia, universalidad y solidaridad. La Ley Estatutaria 1751 de 2015 profundizó esta noción al reconocer la salud como derecho fundamental autónomo e irrenunciable.


Esto significa que el aseguramiento, las EPS, la UPC, la ADRES, los prestadores, los contratos y los flujos financieros son medios. Ninguno de ellos puede convertirse en fin. Cuando el debate público se concentra exclusivamente en quién administra el dinero, pero no en qué resultados sanitarios obtiene la población, se traiciona la arquitectura ética de la Constitución.


Crítica: Colombia ha tolerado por décadas una inversión conceptual del sistema: el paciente se adapta al aseguramiento, cuando debería ser el aseguramiento el que se someta al derecho del paciente.


Mensaje: Toda reforma debe iniciar con una declaración operacional: ningún intermediario financiero, público o privado, puede tener legitimidad si no demuestra resultados medibles en salud, oportunidad, continuidad, calidad, equidad territorial y protección efectiva de la dignidad humana.


B. El problema no es sólo de resultado financiero: es de su diseño de origen 


El país discute cuánto cuesta la UPC, cuánto debe la ADRES, cuánto adeudan las EPS, cuánto reclaman las IPS y cuánto falta para medicamentos. Todo eso es indispensable, pero no suficiente.


La pregunta anterior debería ser: ¿sabemos con precisión qué carga de enfermedad estamos financiando, en qué territorios, en qué edades, con qué riesgos, con qué desenlaces esperables y con qué intervenciones costo-efectivas?


Un sistema que no conoce desde su origen con detalle la prevalencia real, la incidencia, los desenlaces clínicos, las brechas territoriales, la calidad de la atención, los tiempos de oportunidad, la adherencia terapéutica y los resultados por prestador no es un verdadero sistema de salud. Es un sistema de pagos alrededor de la enfermedad.


Crítica: Colombia ha confundido información administrativa con inteligencia sanitaria. Facturar no es conocer. Afiliar no es cuidar. Autorizar no es garantizar. Pagar no es producir salud.


Mensaje: Debe crearse una verdadera Autoridad Nacional de Inteligencia Sanitaria, técnica, pública, independiente, interoperable y blindada contra ciclos políticos, encargada de integrar datos clínicos, epidemiológicos, financieros, territoriales y de resultados.


C. El aseguramiento no debe desaparecer por dogma, pero tampoco sobrevivir por inercia


El aseguramiento puede ser útil si distribuye riesgo, ordena redes, gestiona rutas, anticipa necesidades y protege financieramente al ciudadano. Pero se convierte en una arquitectura éticamente indefendible cuando su principal función real es intermediar recursos sin demostrar valor sanitario.


El debate colombiano ha caído en una falsa dicotomía: “defender EPS” o “eliminarlas”. La pregunta correcta es otra: ¿qué funciones del aseguramiento son socialmente necesarias, cuáles agregan valor y cuáles son simplemente costos de intermediación?


Crítica: Defender el aseguramiento sin exigirle evidencia pública de valor es una forma de conservadurismo institucional. Destruirlo sin haber construido capacidad estatal real puede ser una forma de irresponsabilidad política. Ambas posiciones pueden terminar lesionando al paciente.


Mensaje propositivo: Toda entidad gestora —EPS, gestora pública, red integrada o agencia territorial— debe ser evaluada por indicadores obligatorios: mortalidad evitable, oportunidad, continuidad, control de crónicos, satisfacción, desenlaces quirúrgicos, protección financiera, gestión de medicamentos, salud mental y equidad territorial.


D. La UPC no puede seguir siendo una cifra opaca disputada entre actores


La Unidad de Pago por Capitación está en el corazón financiero del sistema. Si está mal calculada, el sistema se desfinancia. Si está sobredimensionada sin auditoría, se abren puertas a rentas indebidas. Si es técnicamente opaca, se convierte en campo de guerra política.


La UPC debe dejar de ser una cifra disputada entre Gobierno, EPS y gremios para convertirse en un instrumento público, auditable, reproducible y científicamente explicado.


Crítica: Un país que no puede explicar con transparencia cómo calcula el valor necesario para garantizar el derecho fundamental a la salud está administrando a ciegas uno de sus pactos sociales más delicados.


Mensaje: El cálculo de la UPC debe ser publicado con metodología abierta, datos auditables, ajustes territoriales, cargas de enfermedad, envejecimiento, innovación tecnológica, inflación sectorial, gasto farmacéutico, suficiencia prospectiva y evaluación independiente anual.


E. La tutela masiva en salud es una confesión de fracaso institucional


Cuando cientos de miles de ciudadanos deben acudir a la tutela para obtener medicamentos, citas, procedimientos, tratamientos oncológicos, cirugías o servicios ya incluidos en el derecho fundamental, el problema no es el ciudadano “demandante”. El problema es el Estado incumplido.


La judicialización masiva del acceso es una forma de sufrimiento burocrático. Obliga al enfermo a convertirse en litigante. Obliga al anciano, al paciente oncológico, al niño con discapacidad, al paciente psiquiátrico o al enfermo crónico a demostrar una y otra vez que su necesidad es real.


Crítica: Cada tutela en salud representa, antes que un expediente judicial, una falla moral del sistema. Es la prueba de que el derecho existe en el papel pero no necesariamente en la vida concreta del paciente.


Mensaje: Debe crearse un sistema nacional de alertas tempranas de negación, demora y fragmentación del cuidado, con intervención automática antes de que el paciente tenga que acudir a la justicia.


F. No hay ética sanitaria sin medición de resultados


El país mide afiliación, autorizaciones, recobros, presupuestos, deudas y giros. Pero mide de forma insuficiente lo esencial: sobrevida, discapacidad evitable, complicaciones, reingresos, funcionalidad, dolor, calidad de vida, oportunidad diagnóstica y desenlaces relevantes para el paciente.


En alta complejidad, esta falla es particularmente grave. Una cirugía cardiovascular, oncológica, neuroquirúrgica o vascular no debe evaluarse sólo por si fue autorizada o pagada, sino por indicación adecuada, oportunidad, mortalidad ajustada por riesgo, complicaciones, estancia, reintervenciones, recuperación funcional y calidad de vida posterior.


Crítica: Un sistema que paga procedimientos sin evaluar rigurosamente sus desenlaces puede financiar tanto excelencia como futilidad, tanto ciencia como desperdicio, tanto alivio como daño.


Mensaje: Colombia debe implementar registros nacionales obligatorios de desenlaces clínicos por patologías de alto impacto: cáncer, enfermedad cardiovascular, enfermedad renal, trauma, salud mental, enfermedades huérfanas, cirugía mayor y patologías crónicas de alto costo.


G. La alta complejidad exige una ética explícita de pertinencia


La medicina moderna puede hacer cada vez más, pero no siempre debe hacerlo. En cirugía cardiovascular, intervenciones aórticas, procedimientos percutáneos, oncología avanzada, UCI prolongada y terapias de altísimo costo, la pregunta no puede ser únicamente “¿es técnicamente posible?”. También debe ser: “¿es proporcional, pertinente, justo y beneficioso para este paciente concreto?”.


La futilidad terapéutica no debe entenderse como abandono, sino como una categoría ética de cuidado responsable. Intervenir sin expectativa razonable de supervivencia significativa, alivio, funcionalidad o calidad de vida puede ser una forma sofisticada de violencia médica y desperdicio social.


Crítica: La medicina de alta complejidad sin evaluación de pertinencia puede convertirse en un ritual tecnológico costoso que consume recursos comunes sin mejorar vidas.


Mensaje: Deben crearse comités clínico-éticos de pertinencia y futilidad en alta complejidad, con criterios transparentes, participación interdisciplinaria, protección del paciente y registro nacional de decisiones complejas.


H. La corrupción es grave, pero no explica todo


La corrupción debe ser perseguida con severidad. El desvío de recursos públicos de la salud es una agresión directa contra la vida. Pero convertir la corrupción en explicación única de la crisis puede ser una salida políticamente cómoda e intelectualmente pobre.


Hay también problemas de diseño, fragmentación, incentivos perversos, falta de información, débil rectoría territorial, insuficiencia técnica, judicialización, captura institucional, mala planeación del talento humano y ausencia de evaluación de resultados.


Crítica: Usar la corrupción como explicación total puede ocultar la incompetencia estructural. No basta con castigar ladrones si se conserva intacta la arquitectura que permite desperdicio, opacidad y mediocridad.


Mensaje: El control anticorrupción debe integrarse a un modelo de auditoría clínica y financiera basado en datos abiertos, trazabilidad de recursos, resultados sanitarios y responsabilidad personal de directivos públicos y privados.


I. La salud territorial no puede seguir siendo una consigna


Colombia no es un sistema homogéneo. La Guajira, Chocó, Vaupés, Cauca, Nariño, Bogotá, Antioquia o Santander no tienen las mismas necesidades, capacidades ni riesgos. Sin embargo, muchas decisiones sanitarias se toman desde una lógica centralista, financiera y poco sensible a la realidad territorial.


La equidad no consiste en asignar igual a todos, sino en reconocer desigualdades y corregirlas con inteligencia pública.


Crítica: La igualdad formal en salud puede ser profundamente injusta cuando ignora la geografía, la pobreza, la ruralidad, la violencia, la dispersión poblacional y la debilidad institucional local.


Mensaje: La financiación debe incorporar ajustes territoriales explícitos por dispersión, carga de enfermedad, capacidad instalada, determinantes sociales, riesgo climático, violencia, envejecimiento y pobreza multidimensional.


J. La salud pública debe volver al centro


Un sistema capturado por la atención individual tardía siempre será más costoso, más injusto y menos eficaz. La verdadera sostenibilidad no nace sólo de pagar mejor las cuentas, sino de evitar enfermedad prevenible, diagnosticar temprano, controlar factores de riesgo y actuar sobre determinantes sociales.


Vacunación, nutrición, salud mental, control de hipertensión, diabetes, cáncer prevenible, salud materna, salud infantil, accidentalidad, violencia, consumo problemático de sustancias y envejecimiento saludable deben ser prioridades reales, no anexos retóricos.


Crítica: Colombia ha permitido que la salud pública sea tratada como un capítulo menor mientras el gasto curativo absorbe la imaginación política y presupuestal.


Mensaje: Al menos una fracción creciente y protegida del gasto sanitario debe orientarse a programas territoriales de prevención, promoción y detección temprana, con metas públicas evaluables.


K. Sin talento humano digno no hay derecho real a la salud


El sistema descansa sobre médicos, enfermeras, auxiliares, terapeutas, especialistas, técnicos, bacteriólogos, instrumentadores, administrativos y cuidadores. Pero muchos trabajan bajo precariedad, tercerización, sobrecarga, pérdida de autonomía profesional y presión productivista.


Un sistema que maltrata a su talento humano termina maltratando al paciente.


Crítica: La explotación laboral en salud es una forma indirecta de deterioro de la calidad asistencial. No puede haber atención humanizada con trabajadores exhaustos, mal pagos o desmoralizados.


Mensaje: Toda reforma debe incluir una política nacional de dignificación laboral, formación territorial, distribución de especialistas, educación continua, seguridad ocupacional y protección de la autonomía profesional responsable.


L. La tecnología y la historia clínica interoperable son obligaciones éticas, no adornos digitales


Colombia necesita una historia clínica interoperable, segura, nacionalmente integrada y centrada en el paciente. No como fetiche tecnológico, sino como condición mínima de continuidad, seguridad, auditoría y conocimiento.


Sin interoperabilidad, el paciente repite exámenes, pierde información, recibe tratamientos contradictorios y navega un sistema fragmentado. Sin datos clínicos integrados, el Estado no puede planear.


Crítica: La fragmentación digital del sistema es una forma moderna de negligencia institucional.


Mensaje: La historia clínica interoperable debe ser una prioridad nacional obligatoria, con estándares únicos, protección de datos, acceso ciudadano, trazabilidad clínica y uso secundario regulado para salud pública e investigación.


M. La rectoría del Estado no equivale a estatización improvisada


El Estado debe dirigir, regular, vigilar y garantizar. Pero dirigir no es improvisar; regular no es perseguir; intervenir no es destruir; y garantizar no es prometer sin capacidad operativa.


La rectoría estatal exige instituciones técnicas, estables, meritocráticas y protegidas de la propaganda.


Crítica: La salud no puede ser botín ideológico de gobiernos de turno. Tampoco puede quedar capturada por intereses privados que confundan rentabilidad con derecho.


Mensaje: Se requiere una gobernanza mixta, transparente y técnicamente exigente: Estado fuerte, prestadores responsables, gestores evaluados, academia independiente, pacientes representados y datos abiertos.


N. Propuesta de arquitectura mínima para una reforma responsable


Una reforma seria debería incluir, al menos:


  1. Autoridad Nacional de Inteligencia Sanitaria.
  2. Historia clínica interoperable obligatoria.
  3. Metodología pública y auditada de la UPC.
  4. Registros nacionales de desenlaces clínicos.
  5. Auditoría clínica y financiera integrada.
  6. Sistema de alertas tempranas contra negaciones y demoras.
  7. Política territorial de salud pública.
  8. Dignificación del talento humano.
  9. Evaluación de tecnologías sanitarias con criterios de valor.
  10. Comités de pertinencia y futilidad en alta complejidad.
  11. Participación ciudadana vinculante.
  12. Transparencia total del flujo de recursos.
  13. Indicadores públicos por gestor, territorio y prestador.
  14. Fortalecimiento real de hospitales públicos.
  15. Protección estricta del derecho fundamental frente a cualquier transición institucional.


Crítica: Una reforma que no incluya estos elementos corre el riesgo de cambiar nombres, contratos y actores, pero conservar la misma ceguera estructural.


Mensaje: Colombia no necesita simplemente reemplazar intermediarios. Necesita reemplazar la lógica del sistema: de pagar enfermedad a producir salud verificable.


Conclusión


El nuevo liderazgo del sector salud colombiano tiene una oportunidad histórica. Puede limitarse a administrar la crisis, sanear deudas, perseguir corrupción y renegociar la arquitectura del aseguramiento. Todo eso es necesario. Pero sería insuficiente.


La tarea moral más importante es otra: reconstruir el sistema desde el derecho fundamental, la inteligencia sanitaria, la equidad territorial, la transparencia radical y la medición de resultados.


Desde la mirada de un médico independiente, formado en la clínica de alta complejidad y vinculado por décadas a la academia, resulta imposible aceptar que la discusión nacional siga girando alrededor del dinero sin preguntarse, con igual rigor, por la vida que ese dinero salva, la discapacidad que evita, el sufrimiento que alivia y la dignidad que protege.


La salud no puede seguir siendo un campo de intermediación opaca, disputa ideológica y resignación judicial. Debe convertirse en el principal proyecto ético, técnico y constitucional de la sociedad colombiana.


La pregunta decisiva para cualquier ministro de salud no debe ser si defiende o elimina las EPS. La pregunta decisiva debe ser si está dispuesto a construir un sistema que conozca a su población, mida lo que hace, corrija lo que falla, proteja al vulnerable y ponga el derecho fundamental por encima de cualquier arquitectura financiera.


Ese es el estándar mínimo. Todo lo demás será administración del deterioro.

viernes, 1 de mayo de 2026

La ilusión del diagnóstico integral: lo que Colombia aún se niega a medir es salud pública.

Somos un país que mide bien la muerte pero no siempre la vida. Colombia registra alrededor de 280.000 defunciones anuales y mantiene una cobertura de estadísticas vitales que supera el noventa por ciento de los eventos. La esperanza de vida se sitúa en torno a los 77 años. Las enfermedades cardiovasculares representan cerca del 27 por ciento de las muertes, el cáncer alrededor del 18 por ciento y las causas externas aproximadamente el 11 por ciento. Estos datos son técnicamente sólidos y comparables internacionalmente. Sin embargo, describen apenas el desenlace final y no la experiencia prolongada de millones de personas que viven durante años con enfermedad crónica, dolor persistente o deterioro funcional. Para qué sirve esta información?


Vivir más no significa necesariamente vivir mejor. Más del 60 por ciento de la carga de enfermedad en Colombia corresponde hoy a patologías crónicas no transmisibles. Se estima que cerca del 8 por ciento de los adultos vive con diabetes, más del 20 por ciento con hipertensión y más del 55 por ciento presenta exceso de peso. Una proporción significativa permanece sin diagnóstico o con control realmente insuficiente. El sistema mide con precisión la atención facturada, es decir las cuentas financieras de la operación, pero no siempre la enfermedad real ni la progresión silenciosa que anticipa discapacidad futura.

Discapacidad, la carga que no hace titulares. Cerca del 7 por ciento de la población reporta algún grado de discapacidad, aunque la limitación funcional efectiva probablemente sea mayor. La mitad de la carga sanitaria nacional no proviene de la muerte sino de años vividos con dolor, dependencia parcial, deterioro cognitivo o limitación motora. Estos estados rara vez aparecen con la misma claridad en el debate público que una cifra de mortalidad o los detalles de los flujos del recurso financiero. Sin embargo, son los que determinan la calidad de la vida cotidiana y la autonomía de las personas.


Calidad de vida, el gran vacío estructural. El sistema registra hospitalizaciones, procedimientos y costos, pero no mide de manera sistemática el sufrimiento persistente, la ansiedad ante la enfermedad, la incertidumbre terapéutica o la fragmentación del cuidado. No existe una medición nacional periódica integrada que capture cómo viven los pacientes su enfermedad. Se contabilizan eventos clínicos, pero no el impacto humano de esos eventos.


Salud mental y envejecimiento, la tormenta perfecta que se aproxima. Colombia envejece de forma acelerada. Las proyecciones demográficas indican que hacia 2050 cerca del 20 por ciento de la población será mayor de 60 años. Con el envejecimiento aumentan la demencia, la fragilidad, la dependencia y la soledad no deseada. A ello se suma que aproximadamente uno de cada cinco adultos experimenta algún trastorno mental a lo largo de su vida. Los trastornos depresivos y de ansiedad figuran entre las principales causas de años vividos con discapacidad. Sin embargo, el subdiagnóstico, el estigma y el acceso irregular a servicios hacen que gran parte de esta carga permanezca invisibilizada. La salud mental no solo genera sufrimiento individual; impacta la productividad, desestructura familias y presiona silenciosamente al sistema sanitario. Planear el futuro sin integrar esta dimensión es, sencillamente, irresponsable.


El costo invisible que no aparece en los balances. El gasto en salud equivale aproximadamente al 7,5 por ciento del producto interno bruto. Pero el costo real de la enfermedad incluye pérdida de productividad, retiro laboral anticipado, transporte prolongado hacia centros de atención, adaptación del hogar y cuidado informal asumido por familiares. Estos costos rara vez se integran de forma sistemática en la planeación macroeconómica. Un sistema puede parecer sostenible en términos fiscales mientras traslada una carga creciente a los hogares.


Cuando el diagnóstico es fragmentario, la política también lo es. Aquí se priorizan condiciones con alta mortalidad visible o alto impacto fiscal inmediato, mientras se subestiman problemas como el inevitable deterioro funcional crónico, la prevención comunitaria o la salud mental. Las reformas se diseñan sobre datos parciales y se discuten en clave ideológica antes que científica. El resultado es una conversación pública polarizada que confunde eficiencia administrativa con bienestar real.


¿Existe un diagnóstico verdaderamente integral? El Observatorio Nacional de Salud ha producido análisis rigurosos sobre carga de enfermedad y desigualdad territorial. Sin embargo, el país aún no cuenta con una medición que integre de forma sistemática mortalidad, discapacidad observada, calidad de vida, experiencia del usuario y costo social total en una arquitectura única y periódicamente actualizada. No se trata de desconocer lo avanzado, sino de reconocer que el mapa sigue incompleto.


La salud pública no puede reducirse a la contabilidad de defunciones ni a la administración de flujos financieros. Debe aspirar a comprender la experiencia integral de vivir con enfermedad en un contexto social específico. Debe medir lo que duele, lo que limita, lo que empobrece y lo que desgasta.

En este contexto preelectoral, resulta preocupante escuchar propuestas apresuradas que prometen “arreglar” el sistema de salud mediante remiendos normativos o ajustes administrativos aislados. La salud de un país no puede ser rehén de consignas de campaña ni de soluciones fragmentarias diseñadas para el aplauso inmediato.


A los candidatos presidenciales les corresponde una responsabilidad mayor: no aventurar reformas espurias sustentadas en diagnósticos parciales, sino convocar un diálogo amplio, intersectorial y multipartidista que se edifique sobre bases científicas sólidas y principios éticos compartidos. La salud pública exige método, evidencia y prudencia. Exige reconocer incertidumbres y vacíos antes de prometer certezas. Exige escuchar a clínicos, epidemiólogos, economistas, pacientes, territorios y comunidades. Exige, en suma, abandonar la tentación del atajo político y asumir la complejidad del desafío.


Colombia no carece de datos. Carece de integración diagnóstica plena. Medimos con precisión cuántos mueren y cuánto cuesta el sistema, pero aún medimos de forma incompleta cómo viven los ciudadanos bajo condiciones de enfermedad. Medir lo fácil es sencillo. Medir lo que importa es un acto de responsabilidad ética y de madurez democrática


miércoles, 24 de abril de 2024

La noche sórdida de las tarifas

Es sorprendente por lo menos, sino deprimente observar como lo mas selecto del cuerpo médico colombiano se debate calculando su futuro peso a peso, como en los días sórdidos de Barba Jacob: "... la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el bien y mal".

La costumbre moral de otorgar socialmente al médico unos privilegios que siempre tuvieron que ver con su ascendiente como sanador y sabio, derivaron inevitablemente en privilegios financieros en virtud del devenir de la historia que no se puede separar del influjo capitalista; sería necio e inútil hacer el ejercicio.


Pero sí es preciso entender en esta coyuntura cuál es la inspiración del oficio médico, una vez más para dar tal vez una tenue luz en la noche sórdida. El oficio del médico es esencialmente uno de servicio. Eso está consagrado desde el juramento de Hipócrates, pasando por las máximas de asociaciones gremiales mundiales hasta las constituciones políticas de algunos países. En algunos países en los que la salud la hemos definido como un derecho fundamental, la condición de servicio en el oficio médico se erige como un imperativo categórico. 


Y como en las sociedades con un alto sentido no solo del servicio, sino del trabajo y del reconocimiento de la ciencia y la tecnología pero fundamentalmente de la responsabilidad e importancia social, el fundamento de la remuneración económica de dichos oficios y no solo del médico, debe tener el tratamiento digno que representa.


Una sociedad que acepta y mantiene el hecho legítimo de que, por ejemplo, sus más exigidos representantes a cargos gubernamentales tengan un emolumento que se atiene a la magnitud e importancia de su tarea no pueden estar distantes de los de quienes proveen los servicios sociales más exigentes. En ese orden de ideas, la remuneración de todo el personal que garantiza un derecho fundamental tan importante y definitorio de la condición social de un país que se precia de buscarla en su mejor expresión, debe ser acorde a esa inspiración. 


No se entiende porqué, precisamente ahora, no estamos hablando y debatiendo sobre establecer sólidamente unas condiciones salariales para todo el estamento de la fuerza laboral en salud de Colombia, comparativas con las del gobierno en sus ramas ejecutiva, legislativa y judicial bajo preceptos de una fuerte seguridad social, derechos de agremiación por profesiones y especialidades, carrera laboral pública, reconocimiento al estudio y entrenamiento calificado y especializado, estratificación por riesgo de responsabilidad civil médico-legal y de exposición a condiciones laborales riesgosas, así como de otras condiciones particulares de todos los oficios de la salud.

Repito, no se porqué no hemos empezado a hablar de esto y seguimos en el oficio espurio de contar pesos contra manuales de tarifas como mercaderes de bisutería.


Si nosotros entendemos la inspiración y la dimensión de todos los oficios que se relacionan con lo que se requiere para asegurar unas condiciones de salud entendida como un derecho fundamental para nuestra nación, es en el escenario que merece un debate de la altura que se propone. Para qué son las agremiaciones sino para ofrecer este tipo de propuestas en las que siempre se han quedado cortas y respondiendo a otros intereses algunos más nobles que otros.

No creo que es sano caer en el juego interminable del negocio de tarifas e interpretaciones de mercadería. 


El gobierno en este momento histórico debe entender que lo que viene de lo mas exigido y capaz de su fuerza laboral médica es, en primer lugar, solidario con su pueblo, es digno con su propia condición y es deliberante en el más alto escenario público.